El Dios Sonriente, una novela de Rachel Crash que rompe todos los límites

El Dios Sonriente, una novela de Rachel Crash que rompe todos los límites

Jacob Stallmann es un joven adinerado, depresivo y desencantado que vive atrapado entre sus pastillas, sus obsesiones y el peso de una vida sin sentido. Pero todo cambia cuando reaparece Jerry Finch: su mejor amigo, su guía espiritual, su posible amante, o… su peor condena. Jerry es un adicto encantador, un coleccionista de escarabajos, un lunático brillante con visiones místicas y una capacidad infinita para el amor, la violencia y la autodestrucción.

Juntos emprenden un viaje de excesos, risas, traumas y revelaciones que los lleva desde la decadencia hasta la lisergia, pasando por autoservicios, fiestas indie-punk, sesiones de terapia y alucinaciones religiosas. En su universo no hay límites entre el deseo y el asco, entre el cuerpo y el espíritu, entre la ternura y la crueldad. Todo es transgresión, juego y dolor.

—Ese tipo que está allá —dijo Jerry señalando a Iggy Pop—. Era un adicto a la heroína.
—Sí, es verdad —dije.
—Y en cuanto a él —dijo señalando a Ian Curtis—, lo de la esquizofrenia es un mito. Todos esos espasmos eran producto de su adicción a la cocaína.
—Jerry, lo que dices no es verdad. Ian Curtis padecía epilepsia, por eso temblaba así cuando bailaba.
—Eso es lo que él decía, pero en realidad, era un adicto a la cocaína. Créeme. Y en cuanto a los otros… —dijo señalando a los demás afiches —. No lo sé, pero deben tener alguna adicción.
—Sí, es verdad. Todo el mundo tiene algún tipo de adicción.
—Yo he venido a este lugar cientos de veces. Y me deprimía escuchando esta música. Es absurdo que prohíban las drogas en lugares como este.

Me detuve a escuchar la letra de “Love will tear us apart” de Joy Division. Era verdad. Me daban ganas de prender un cigarro y hasta de jalar cocaína. Por supuesto que sí.

Pero para mí Jerry Finch no había nacido ni en Londres ni en Lima. Jerry Finch venía de otro planeta. De un planeta en donde la ganja es legal. Crece en tu jardín y puedes fumarla todas las veces que quieras. En ese planeta, vives en absoluta libertad de hacer lo que te dé tu puta gana.

Me recosté junto a Jerry y enseguida me devoró la boca.
—Quiero penetrarte —me susurró contra el oído—. Déjame hacerlo.
Me quedé callado, inseguro.
—Te va a encantar… —prometió, lamiéndome la oreja—. Te va a gustar muchísimo.
—Es que yo nunca…
—Por favor, déjame metértela —me suplicó, mirándome con hambre—. He esperado demasiado.
—No… no lo sé…
—Hace años que me muero por cogerte —su confesión me desarmó.
—¿Desde que me conociste? —pregunté, atónito.
—Desde la primera vez que te vi —dijo sin titubear.
—Está bien —cedí, con el corazón acelerado—. Hazlo.
—Arrodíllate en la cama y apoya los brazos en la almohada —su tono era tajante.
Obedecí, casi temblando, y lo vi sacar un frasco de la mesa de noche.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Lubricante —me lo mostró—. Voy a abrirte con esto.

—Te amo, Jacob —me dijo Jerry tomando mis manos—. Te amo más que a nadie en el mundo. Estoy perdidamente enamorado de ti. Eres el insecto más extraño que he conocido en mi vida. Yo adoro a los insectos. Mientras más extraños sean, más me gustan. Y tú eres la persona más extraña que he conocido en mi vida… Es como si hubieras llegado de otro planeta junto con mi colección de escarabajos.
—Jerry, ¿de qué carajo estás hablando? Creo que jalar tanta cocaína te está jodiendo el cerebro. Estás diciendo cosas sin sentido.
—Nada entre nosotros tiene sentido, amor —dijo acariciando mis manos.